Testimonio vocacional de Naydel Echazabal Rodríguez seminarista de 4to año de la etapa configuradora (Teológica) de la diócesis de Matanzas.

Mi historia vocacional comienza alrededor del año 1997, cuando el Señor por medio de unos amigos del barrio me invitó a participar en una obra de Navidad en mi parroquia de Pedro Betancourt. Fue la primera vez que me acerqué a la Iglesia. Recuerdo con muchísimo cariño y alegía los preparativos que se hicieron para esa obra de navidad, incluso recuerdo el diálogo que tuve que hacer como mensajero del rey Herodes. Una vez terminada, se acercó una joven de la parroquia e hizo extensiva la invitación del Señor para que participara en el coro de la infacia misionera. Allí, además de cantar de vez en cuando, comencé a recibir mis primeras catequesis, y poco a poco fui recibiendo del Señor nuevas propuestas a las que no me resultó difícil decir: !sí!

En la adolescencia un sacerdote jesuita me invitó a participar de los campamentos ignacianos de Madruga. Esa fue la primera vez que valoré el sacerdocio como una posibilidad para mi vida. Desde entonces comencé a cuestionarme la posibilidad de que Dios estuvira llamándome a servir a la Iglesia desde el sacerdocio, pero las dudas me generaban mucho miedo e incertidumbre. Junto al P. Roberto Alonso SJ. y el grupo vocacional de la compañía de Jesús, comencé un proceso de discernimiento. La experiencia jesuita marcó mi vida en un momento en el que se abría para mí un el espectro de realización profesional. Así pues decidí continuar con el proceso vocacional a la par de los estudios universitarios.

Todas las profesiones podían canalizar mi sed de servir a los demás, pero fue la medicina quien me sedujo. La vida en la ciudad de Matanzas me hizo conocer más sobre la realidad de la dióceis, el trabajo en la casa La Milagrosa, la pastoral juvenil, los campamentos de verano. Mientras me adentraba en los años de estudio como futuro médico, tambien mi vida se llenaba cada vez más del amor de Dios, del amor por la Iglesia y especialmente por mi diócesis. La cercanía de laicos comprometidos, religiosas y sacerdotes despejaron las dudas que habían surjido antes en mi primera inquietud vocacional. Jesús me llamaba a estar con Él y a servirle de manera especial; yo sentía e intuía que me quería para sí. La oración y sus mediaciones me lo confirmaban, pero decir sí, no me resultaba tan fácil.

En el 2015 acepté la propuesta de tener una experiencia en Tizé, y considero que fue esta experiencia la que me ayudó a conciliar mis conocimientos de medicina con el servicio a la Iglesia. El Señor me acompañó esos días a través de un hermano de la comunidad. Con él pude poner sobre la mesa los pros y contras de mi vocación, cuanto ganaba y a cuantas cosas tenía que renunciar, pues toda decición implica renuncias y compromete la libertad. Pero así como no se puede vivir eternamente de novio con una mujer, tampoco con la Iglesia se puede vivir de esta manera sin tomar una decisión seria y definitiva, por lo que después de tantos años ya era tiempo para decidir. Y en esos días dije: sí, sin importar que el temor y la incertidumbre siguieran acompañandome.

Al regresar conversé con el Obispo de mi diócesis, pero me propuse esperar un tiempo para discernir con serenidad, porque temía haber estado hinchado después de tres meses de oración profunda y acompañamiento. En septiembre de 2016, ese sí, me condujo al seminario. Y confieso que ha sido el sí más difícil y hermoso de todo este camino.

Hoy no experimento otro sentimiento que el de la gratitud ante la fidelidad de Dios y las muchas gracias que Él me ha concedido.

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